El espectáculo se representa en el Palacio Euskalduna hasta el 6 de septiembre

Por Beatriz Arlanzon

Meine Damen und Herren, Mesdames et Messieurs, Ladies and Gentlemen, olvídense de la cuarta pared. El Kit Kat Klub cobra vida antes de que la función comience. La pianista de la orquesta envuelve la penumbra de la sala con sus notas, transportando al público al agitado Berlín de los años 30. Poco después, una de las cantantes irrumpe en escena, bajando hasta el patio de butacas para interactuar con los espectadores y hacerles cómplices directos de la función. Con motivo de su paso por el Palacio Euskalduna de Bilbao, nos sentamos con los protagonistas de la obra. Víctor Palmero es el Maestro de Ceremonias, Laia Prats interpreta a Sally Bowles y José Pastor encarna a Cliff  Broadshaw. Con ellos hablamos de la intensidad de meterse en la piel de sus icónicos personajes y de la vigencia de este clásico.

-¿Por qué hay que ver este espectáculo?

Laia Prats: Mira, yo creo que este Cabaret se tiene que ver porque es una versión supernueva, superinmersiva, superdiferente a todas las que se ha hecho hasta ahora. Creo que cuenta la historia desde un punto de vista muy interesante que la gente necesita ver ahora mismo.

-Víctor, esta producción, como dice Laia, es una experiencia superinmersiva y estáis interactuando continuamente con el público. ¿Cómo improvisas cuando el público no reacciona como tú esperas? Cuando tiene una reacción inesperada, es demasiado tímido o da una mala contestación. Ahí, ¿de dónde se sacan recursos?

Víctor Palmero: A ver, esto de toda la vida es the show must go on y uno tira para adelante con lo que sea. Hay una parte inmersiva y otra parte que se puede ver «desde fuera», para la gente más reservada. Por lo general, estamos encontrando un público que viene dispuesto a jugar, sobre todo las personas que suben al escenario. Y es muy bonito, como actor, poder jugar con espectadores a los que les apetece jugar.

-Laia, tu personaje, Sally, tiene un arco dramático muy variado. Empieza con la frivolidad del cabaret, hay momentos en los que se siente muy vulnerable, luego está toda la parte social y política para terminar con la traca final porque «life is a cabaret» no solo es legendario, es incluso un momento de catarsis para el público. ¿Qué pasa por tu cabeza momentos antes de salir al escenario?

L. P.: Pues como al principio de la obra, Sally está en modo show girl, no me pongo nerviosa. Soy una show girl, la diva del cabaret y ya está. La vida es feliz. Después, conozco a Cliff y me lo ligo. O sea, que, emocionalmente, el primer acto de Sally es más superficial, aunque tiene trasfondo. Pero en el segundo acto, ahí ya empieza el biruji, porque pienso: «ahora viene el viaje fuerte» y, sobre todo, antes de Cabaret, me genero un mini ataque de ansiedad para poder hacer lo que tengo que hacer porque si no salgo muy en frío. Es verdad que, a nivel emocional, cuesta porque vas entrando y saliendo de escena y, claro, tienes que concentrarte mucho para hacer el arco emocional como es. Te diría que me apetece, que me dan ganas de salir al escenario. Me gusta como actriz. Paso por todas las emociones y es muy divertido.

«Alemania, en los años 30 tenía el cabaret y nosotros tenemos TikTok»

-José, Cliff es el personaje extranjero que llega a Berlín y que es testigo de un mundo que está cambiando hasta que todo estalla. En las versiones anteriores era un personaje más secundario, pero tú le das más protagonismo. ¿Qué recursos has empleado para dar más cuerpo a este personaje?

José Pastor: Bueno, yo no he hecho nada más que interpretar lo que está en el texto. Es un texto riquísimo, que está cargado de matices, y es una historia que se cuenta sola. Entonces, yo simplemente lo he analizado bien y cuento la historia que estamos contando: un autodescubrimiento que se ve interrumpido por un contexto. Un chico que está ahí, en mitad de una vorágine para bien y que se cruza con una vorágine para mal, que lo destruye todo. Lo que sí que le he dado es cómo lo vivo yo. Es que solo tengo que pensar en cómo está el mundo ahora mismo para conectar con todo aquello, dárselo y vivirlo, pero poco más. Está todo en el texto.

-Dado que hay ciertos paralelismos entre la situación de los años 30 y la que estamos viviendo actualmente, ¿creéis que este espectáculo es especialmente relevante en estos momentos?

J. P.: Por supuesto.

L. P.: Claro que sí.

V. P.: Yo creo que es lo que ha hecho que esté funcionando tan bien y que muchas personas conecten.  Al final, es muy fuerte ver de dónde venimos y creo que nos dice a dónde no deberíamos volver. Ojalá mucha gente se acercara a verlo porque creo que es un recordatorio necesario.

L. P.: Prácticamente opino lo mismo. Creo que la historia es cíclica y repetimos y repetimos los mismos errores. Es el claro ejemplo de que no hemos aprendido mucho porque estamos muy cerca de lo que pasó en los años 30. Creo que es muy necesario ver el espectáculo, darte cuenta de que te queda cercana la situación y pensar qué quieres hacer al respecto. Aquí yo ya no entro. No nos posicionamos, pero sí lo plasmamos.  Por eso, creo que es interesante ver la obra.

J. P.:  Yo me encontré con comentarios que decían que es panfletaria.  Se cuenta lo que ocurrió, es simplemente historia. Es ver lo que ya ocurrió y ser consciente de ello.

V. P.: Igual queda como una comparación tonta, pero, de alguna manera, es como TikTok. Es decir, creo que, en los años 30, Alemania, durante el ascenso del nazismo, tenía un cabaret en el que bailaban y la gente se intentaba olvidar de los problemas a través de esta fantasía, de esta purpurina. En la actualidad, intentamos no ver lo que está sucediendo en Palestina, en Ucrania, escroleando la pantalla, haciendo coreografías y viendo vídeos de perritos que nos hagan olvidarnos un poco de lo que está pasando en el mundo real. Creo que ahí está la magia de esta obra: que nos recuerde tanto algo que parece que estamos cerca de vivir de nuevo.