El que fuera pelotari en Estados Unidos aborda las injusticias en sus obras de la exposición ‘Rapsodia en agosto’ en el Alcázar de los Velasco en Medina de Pomar

José Ángel Uberuaga ‘Ube’ inicia su trayectoria en la escultura vasca contemporánea, evolucionando hacia obras más objetuales y radicales que incluyen fotografía  instalación y performance. Su obra refleja de manera abstracta y política su intimidad, explorando lo real y lo insólito. A través de materiales diversos y un lenguaje escultórico poco convencional, provoca, comunica y busca dejar huella, generando conciencia mediante la provocación y la exploración artística. El artista guerniqués afincado en Munitibar muestra hasta el 25 de marzo un conjunto de obras de un periodo.

— A ver, UBE, te gusta jugar a ping-pong, ¿no?

Bueno, me gustaba jugar a ping-pong… En este caso (una mesa de ping-pong, dos hachas y un tronco), como he hecho bastante uso de ciertos materiales, no es que haya repetido en exceso el asfalto, porque tengo una especie de popurrí. Trato de escalar la cantidad de materiales que se pueden utilizar: puede ser asfalto, cristal, madera… Evidentemente, cuando tú te defines como escultor, o alguien te define como escultor, automáticamente te preguntan: “¿qué materiales utilizas?, ¿hierro, madera, piedra?”. Pero hay infinidad de materiales, y en función del contexto y del tema elegido hago uso de unos u otros. De alguna manera, el propio material te comunica cosas.

— ¿Y qué nos quieres comunicar con estas posibilidades materiales?
 En este caso hay un tema claro: el tema ecológico de los bosques. ¿Quién hace uso de ellos?, ¿quién nos arrebata la belleza del bosque en general? Evidentemente, hay momentos en los que es necesario: necesitamos madera para construir muebles, casas, eso es así. Pero la deforestación a nivel mundial tiene un toque dramático brutal en todos los sentidos.

Por ejemplo, en África se hace uso de maderas de una calidad suprema, como el palo santo o la caoba. La venta de estas maderas implica poder comprar armas. Hay países que venden gas, diamantes u oro para hacerse con material de guerra; otros no tienen esos recursos, pero sí maderas preciosas. Occidente compra esa madera para fabricar muebles que marcan diferencias sociales, y ellos compran armas que se reparten entre niños de la guerra. Eso genera invasiones, genocidios, exilios, hambrunas… una infinidad de cosas.

— ¿Cómo conectas todo eso con tu obra?
Yo soy del País Vasco, donde existe el deporte rural del aizkolari, igual que el levantamiento de piedras y muchas otras modalidades. Aquí planteo una especie de competencia absurda entre individuos, números o países: quién tala más, quién se abastece más de los bosques. Y eso afecta directamente a la salud del planeta.

En vez de competir con palas o pelotas, se compite con hachas, que en este caso son de carnicero, para ver quién corta más. Es un símil absurdo, como casi toda mi obra. Uso elementos reconocibles para provocar comprensión, aunque al final la suma de esos elementos te lleve al absurdo o a una abstracción general. Esa es mi intención.

— ¿Te iniciaste como artista cuando eras pelotari en Estados Unidos?
 Digamos que desde siempre he tenido la necesidad imperiosa de dibujar y pintar. Empecé con la fotografía, hice cursos en Estados Unidos, luego pasé a la pintura. Quise ser director de cine, estudié cine en México, no lo terminé. También empecé Psicología, tampoco la terminé. Y al final, por muchas razones personales, acabé desembocando en la escultura.

La escultura, el vídeo y la performance me permiten sacar, dicho bruscamente, lo que llevo dentro. Me nutro del cine, de lo que acontece a mi alrededor, de las situaciones más dramáticas, y con eso doy forma a mis reivindicaciones personales y cotidianas.

— Muchos artistas se están posicionando políticamente ante lo que ocurre en Estados Unidos y en el mundo. ¿Crees que es habitual?
No, en absoluto. Normalmente el artista huye del compromiso social. Somos muy pocos, yo diría que un 0,025 %. El resto quiere vivir bien, cómodo. No hay mercado para el artista reivindicativo o irreverente, como lo quieras llamar. Yo sí tengo una obra políticamente incorrecta, y cuando lo eres se te cierran muchas puertas.

No me invento nada, solo describo lo que ocurre a mi alrededor, y eso molesta, sobre todo a los políticos. Al político le gusta la foto, pero no la molestia. Y yo soy una molestia en cierto modo.

— En esta exposición hay una obra muy concreta, el cordero sobre la carretera. ¿Qué representa?
 El cordero está en una zona que no le corresponde. No está en el césped, ni con su madre, ni con su rebaño, está sobre un trozo de carretera. Su cara lo dice todo: tristeza, pérdida. A través de él tenemos que ponernos en su lugar.

Necesitamos puentes, carreteras, cada vez hay más coches, e invadimos territorios que inicialmente no nos pertenecen. Hoy vemos jabalíes en grandes ciudades; forman parte casi del mobiliario urbano. La combinación del cordero y la carretera hace que el receptor entienda que ese no es su lugar, y a partir de ahí se van acumulando datos hasta llegar al mensaje final.

— ¿Estas obras son vendibles?
 Todas las obras son vendibles, pero tienes que estar en el lugar adecuado. Vender es complicado. He tenido rachas muy buenas, pero a partir de 2008 la crisis se acentuó. He vendido en ferias, con galerías en México y Madrid, pero el mercado se ha diluido. En España especialmente.

Las instituciones tampoco ayudan demasiado. Muchas subvenciones son para artistas extranjeros que exponen en grandes museos. Hay muchísimos artistas abandonados. Pero hay que seguir luchando: hay que vivir, comer, llegar a fin de mes, y es muy complicado.

— Utilizas cuchillas en tu obra. ¿Nunca te has afeitado con cuchilla?
 Sí, hace muchísimos años, en la adolescencia. Hay quien dice que las cuchillas ejercen violencia, pero yo respondo que las cuchillas somos nosotros. Las cuchillas están inmóviles; nosotros nos movemos, hacemos daño, rompemos, humillamos, somos celosos, envidiosos… tenemos todos los defectos del mundo. Las cuchillas somos nosotros.

— ¿Qué esperabas de esta exposición?
Tenía cierto temor, porque exponer en un museo y en un castillo es muy atractivo, pero siendo de Vizcaya y estando esto a hora y media, pensaba que no vendría mucha gente. Ha sido todo lo contrario: la afluencia ha sido fantástica.

He expuesto obra de unos 12 años. Tengo muchísima obra acumulada y vendida, pero recuperé algunas piezas para centrarme en esta exposición, más amable. Es como volver a empezar, mostrar una obra que muchos no han visto nunca aquí, aunque se haya expuesto en Alemania, Nueva York, Holanda o Madrid.

— ¿Y qué te trajo a Medina de Pomar?
 La Asociación de Escultores me invitó a participar. Yo siempre he trabajado solo, no me gustan los grupos, tengo una personalidad fuerte… pero insistieron. Accedí y descubrí que eran personas bellísimas. Hubo química desde el inicio. Cuando vi el castillo me enamoré del lugar, del espacio, de la gente. La experiencia me entusiasmó.

Más allá del arte, ha sido la amistad y la calidad humana lo que me ha traído aquí.

— Pues nada, que a finales de marzo sigas tan contento como ahora.
Sí, total, total.

— Mucho éxito.
 Muchísimas gracias.