Barbara Sarrionandia
Hay óperas que no necesitan ser actualizadas para resultar incómodas. Werther, de Jules Massenet, pertenece a esa estirpe de obras que siguen interpelando al espectador precisamente porque no suavizan su conflicto central: el choque entre el deseo íntimo y las normas que lo ahogan. La nueva producción que ABAO Bilbao Opera presenta estos días en el Palacio Euskalduna vuelve a demostrar que el romanticismo francés, lejos de ser un ejercicio de nostalgia, sigue siendo una forma afilada de mirar la fragilidad humana.
Basada en Los sufrimientos del joven Werther de Goethe, la ópera despliega una historia de amor imposible que avanza sin aspavientos hacia su desenlace trágico. Massenet lo hace desde una escritura musical de extrema delicadeza, con una línea melódica envolvente y una orquestación refinada que nunca busca el exceso, sino la insinuación emocional. Bajo la dirección musical de Carlo Montanaro, especialista en el repertorio francés, la Bilbao Orkestra Sinfonikoa aborda la partitura con una lectura sólida y atenta al drama, subrayando los contrastes entre la contención social y la tormenta interior que recorre a los personajes.
En escena, la propuesta de Rosetta Cucchi —coproducida con el Teatro Comunale di Bologna— opta por un enfoque atemporal y de fuerte carga simbólica. La puesta en escena, de estética sobria y cinematográfica, se apoya en una iluminación oscura y envolvente que acompaña el progresivo aislamiento emocional de Werther. El resultado es un espacio escénico que funciona más como un territorio mental que como una reconstrucción realista, una elección coherente con el carácter introspectivo de la obra, aunque en algunos momentos esa oscuridad constante termine por imponer una atmósfera opresiva que exige al espectador una implicación activa.
El cambio de reparto ha situado finalmente a Celso Albelo en el centro del drama, sustituyendo a Stephen Costello en el rol protagonista. Albelo afronta un personaje de enorme exigencia vocal y psicológica, y lo hace construyendo un Werther intenso, desbordado, más pasional que ensimismado. Su interpretación crece a lo largo de la función, apoyada en un fraseo cuidado y un registro agudo que mantiene firme incluso en los momentos de mayor exposición emocional. No hay idealización romántica del personaje, sino un retrato de alguien incapaz de habitar el mundo sin romperse.
A su lado, Annalisa Stroppa ofrece una Charlotte de gran densidad expresiva. Su voz, cálida y flexible, permite dibujar con precisión el conflicto de un personaje atrapado entre el deber y el deseo. La célebre escena de las cartas en el tercer acto se convierte, con justicia, en uno de los momentos más intensos de la representación, concentrando la culpa, la renuncia y el amor contenido que atraviesan toda la obra. El contraste llega con la Sophie de Lucía Iglesias, luminosa y fresca, que aporta una energía vital necesaria para que el drama no se cierre sobre sí mismo.
Completan el reparto Àngel Òdena como Albert, sobrio y contenido, y un conjunto de secundarios bien ensamblado, junto a la intervención del Leioa Kantika Korala, que enmarca la acción con una presencia coral eficaz y simbólica. Todo ello contribuye a una lectura equilibrada que no busca deslumbrar, sino sostener el pulso emocional del relato.
Werther no es una ópera cómoda, ni lo pretende. Su forma de abordar el amor, la renuncia y la muerte responde a una sensibilidad histórica concreta, pero su efecto sigue siendo perturbador. En tiempos que desconfían de la exaltación de las emociones, Massenet y Goethe recuerdan que ignorarlas tampoco las hace desaparecer. La propuesta de ABAO no rehúye esa incomodidad y apuesta por una versión que, sin reinventar la obra, la deja respirar con honestidad. Y eso, en una temporada operística, no es poco.
