Naiara Cabezas Zabala

Hace unos días regresé de Japón, un lugar al que llevaba mucho tiempo queriendo ir, no solo por su cultura y su gastronomía, sino por algo que me interesaba casi tanto como todo lo demás: su estética y la enorme influencia que ejerce en la moda contemporánea, especialmente en el streetwear.

Nada más aterrizar y subir al metro, ya sea en ciudades como Tokio, Kyoto o Osaka, empiezas a notar pequeñas diferencias que, en conjunto, dicen mucho más de lo que parece a simple vista. No hace falta llegar a una pasarela ni a un barrio “de moda”: el propio transporte público se convierte en una especie de escaparate silencioso donde observar cómo se viste una generación entera.

Entre los jóvenes, especialmente, se percibe una estética muy marcada y, al mismo tiempo, muy distinta a la que estamos acostumbrados en Europa. Ellas suelen apostar por estilismos donde la parte superior del cuerpo se mantiene más cubierta, camisetas holgadas, camisas cerradas, jerséis ligeros, mientras que las piernas cobran protagonismo con faldas cortas, shorts o medias altas que completan el look. Esta diferencia llama especialmente la atención si vienes de Europa, donde es más habitual ver tops más ajustados o prendas que dejan los brazos o incluso el abdomen más expuestos. De hecho, en una ocasión, una amiga que viajaba conmigo recibió un comentario por parte de un señor japonés (en japonés)  preguntándole por qué no se cubría más la parte superior del cuerpo, algo que para él parecía fuera de lo habitual en ese contexto.

Las faldas cortas, además, tienen un trasfondo cultural interesante dentro de la moda japonesa contemporánea. Aunque los uniformes escolares tradicionales suelen llevar faldas más largas y formales, desde los años 90 muchas estudiantes empezaron a acortarlas como una forma de expresión personal y cierta rebeldía estética frente a normas muy rígidas. Parte de esta imagen se popularizó gracias al auge del estilo gyaru, que convirtió la minifalda, las medias altas y otros elementos del uniforme escolar en símbolos de identidad juvenil y libertad estética. Incluso existe la idea de que el largo de la falda puede reflejar popularidad o pertenencia dentro de algunos grupos escolares. Más allá del uniforme, esa influencia terminó filtrándose al streetwear y a la moda cotidiana, convirtiéndose en una silueta muy reconocible dentro de la estética japonesa actual. 

Ellos, por su parte, se mueven con una naturalidad casi calculada dentro del oversize: pantalones amplios, siluetas relajadas y una clara influencia del streetwear más contemporáneo.

Lo interesante no es solo lo que se lleva, sino cómo se lleva. Hay una coherencia casi involuntaria en la manera de vestir, una sensación de equilibrio entre comodidad, estilo y códigos sociales.

También llama la atención el nivel de detalle con el que se construyen los looks. No se trata solo de la ropa: el peinado, las uñas, los accesorios o incluso la forma de combinar calcetines y zapatillas parecen formar parte de una composición completa. Existe una atención casi obsesiva por la apariencia, aunque rara vez transmite esfuerzo; todo parece cuidadosamente natural.

En el fondo, la moda en Japón también habla de algo más profundo: una estructura social donde lo colectivo tiene un peso importante. Sin necesidad de normas explícitas, existe cierta sensibilidad hacia no “romper” la armonía del espacio público. Eso también se refleja en la ropa: siluetas cómodas, colores relativamente contenidos en el día a día y una manera de destacar que no suele pasar por lo agresivo, sino por el equilibrio.

Más allá de la calle, ese lenguaje visual se entiende mejor cuando entras en algunas de las tiendas y marcas que dominan el paisaje urbano. Hay marcas japonesas que ayudan a entender perfectamente lo que ves en la calle. Por ejemplo, Uniqlo es probablemente la más transversal: básica, minimalista y omnipresente. Su influencia se nota en esa idea de ropa cómoda, amplia y funcional que luego se reinterpreta en la calle con más personalidad.

En un espectro completamente distinto está Comme des Garçons, de Rei Kawakubo, que representa la parte más conceptual y experimental de la moda japonesa. Sus diseños no siempre son “usables” en el sentido cotidiano, pero su impacto estético es enorme: siluetas rotas, volúmenes inesperados y una forma de entender la ropa como expresión artística.

Al final, la moda japonesa no se entiende solo como una suma de tendencias, sino como un reflejo de su manera de habitar el espacio: una búsqueda constante de equilibrio entre individualidad y armonía colectiva, entre expresión personal y respeto por el entorno.