Barbara Sarrioandia
Si te dejaste caer por el Palacio Euskalduna estos días, seguro que todavía tienes en la cabeza el eco de ese duelo de voluntades que ABAO nos ha regalado con Maria Stuarda. No es solo una ópera de Donizetti; es, ante todo, un despliegue de emociones donde dos mujeres se juegan la vida y la corona en un cara a cara que, aunque históricamente nunca ocurrió tal cual, en el escenario se siente más real que nunca.
Lo primero que te llamaba la atención al apagarse las luces era la propuesta de Emilio López. En lugar de recurrir a los típicos castillos sombríos, la escenografía nos planteaba un concepto brillante por su sencillez: un tablero de ajedrez. A veces olvidamos que, en el siglo XVI, las reinas no eran dueñas de su destino, sino piezas clave en una partida política muy peligrosa.
Ver al coro moviéndose como peones y a los protagonistas desplazarse por ese espacio geométrico, todo envuelto en el lujoso vestuario de Naiara Beístegui, creaba una atmósfera casi hipnótica. Las luces de Óscar Frosio terminaban de poner el «clima«, dándole a cada escena ese aire de confesión o de sentencia que la trama pide a gritos.
Pero vamos a lo importante: las voces. Yolanda Auyanet asumía el reto de ser María Estuardo y lo hizo con un mimo exquisito. Hay algo en su forma de cantar que te hace empatizar con ella desde el primer minuto; su Maria no era solo una mártir, sino una mujer con carácter que sabe defender su honor. Su momento en el acto final, esa oración antes del patíbulo, fue de una delicadeza que te ponía los pelos de punta. Logró que el inmenso auditorio se sintiera, por un momento, tan pequeño y recogido como una capilla.
Frente a ella, Maria Barakova fue el contrapunto perfecto. Su Isabel I tenía una presencia física y vocal que imponía respeto. Es una voz de esas que «llenan», con un metal que te hace sentir el peso de la corona inglesa. Cuando ambas reinas se encuentran y estalla el conflicto —el famoso grito de «¡Vil bastarda!«—, la chispa saltó de verdad. Fue un duelo de tú a tú, donde ninguna de las dos dio un paso atrás, y eso es exactamente lo que tú, como espectador, vas buscando en una obra así.
Entre tanta tensión real, el Leicester de Filip Filipović puso la nota de luz con un timbre muy joven y brillante, mientras que Manuel Fuentes demostró una vez más por qué es uno de los bajos del momento, dándole a su Talbot una nobleza que te reconfortaba en medio de tanta intriga.
Y qué decir del foso. El maestro Iván López Reynoso supo leer muy bien la partitura, permitiendo que la Euskadiko Orkestra acompañara a los cantantes sin robarles el aire, creando esos colores tan propios del drama Tudor. El Coro de Ópera de Bilbao, bajo la dirección de Esteban Urzelai, volvió a ser ese «personaje» colectivo que tan bien funciona en ABAO, empastado y elegante, especialmente en las escenas donde la emoción colectiva tenía que desbordarse.
Una producción que, sin necesidad de artificios innecesarios, te cuenta una historia eterna de una forma cercana y honesta
