Capítulo 9


Literatura basura. Manual de Autoayuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


El narrador está bien elegido y la impaciencia de Castresana va en aumento. Está preparado como el que más para abordar su obra, esa novela llena de amor y misterio donde su madre comienza a jugar un papel incipiente pero visible. Por eso, empezará rápido, taladrando las primeras cuartillas a doscientos pulsaciones por minuto con una seguridad insensata que le provocará una pizca de pánico. «¿Es posible que todo vaya bien cuando hasta la fecha todo me ha ido mal?», se preguntará extrañado y hasta avergonzado. No lo tiene nada claro. El escritor sabe que la suerte también existe y que tal vez sea su momento. Pero, como es predecible, no ocurre de esa manera. Esto es debido al tono, una especie de ridiculez que nunca ha importado a nadie y, menos que a nadie, a los autores contemporáneos, libres de cualquier atadura.

Porque, al escritor que comienza, ese concepto le suena a música celestial. Es más, le sobra. No es cuestión de cargarse desde el principio con mochilas innecesarias que no aportan nada a la literatura. Por ello escribe de manera dicharachera, con muchas muletillas coloquiales valiosas [«vale», «pasa», «sin más», «cosa», «la verdad», «en fin»], pues redacta como habla, y siempre ha oído que la naturalidad es básica para conseguir el éxito editorial, más en los tiempos que corren, donde cualquiera publica. Además, y no es poco, ese dominio del lenguaje vulgar le da mucha confianza en sus capacidades, que no son excesivas en sus comienzos, a pesar de lo que parezca.

Castresana, sin embargo, desconoce que escribir una obra ligera y graciosa, por muy interesante que sea, tiene sus riesgos en un mundo editorial tan serio y tendente al suicidio como el actual, a menos que uno sea Oscar Wilde o Julio Cortázar, algo que no suele ocurrir en los primeros momentos de la carrera literaria y, en muchos casos, tampoco en los últimos, aunque algunos puedan creer que sí.

En esas circunstancias, Castresana corre el riesgo de que le juzguen únicamente por el tono de la obra –ligero, informal y divertido– sin llegar a una lectura más profunda y seria, y quede como un tipo simpático, hasta agradable para tomar un té con pastas en una de las coquetas cafeterías literarias de la ciudad, pero apenas fiable desde el punto de vista narrativo. Y hay pocas cosas más terribles que ser tachado por los editores de sellos prestigiosos como un autor frívolo, centrado en divertir al populacho. Eso cierra las puertas del Olimpo con candado para siempre y señala al autor por superficial e indeseable, sin ninguna noción de conciencia cívica.

Por eso es recomendable en la primera obra un tono serio, formal, mezcla de frases breves pero también largas e, incluso muy largas, extremadamente largas, con muchas subordinadas que demuestren la pericia narrativa del pulidor de palabras, con un argumento contundente, definitivo –por ejemplo la sordera de su progenitora– y con una ironía muy medida y sutil, tan medida y sutil que nadie pueda pensar que la pérdida de interés en la novela se debe a que sus resonancias se remontan a los orígenes bíblicos del hombre, convirtiéndose la historia en un jeroglífico narrativo de primera magnitud, similar a los encontrados en las tumbas egipcias en la época de Tutankamon.

El problema es que Alberto Castresana todavía no lo sabe, y puede que nunca lo descubra del todo, tal es su despiste y su falta de sensibilidad hacia un tema tan peliagudo. Tampoco ayuda que fuera un mal estudiante y que sus compañeros se rieran de él por sus escasas capacidades. Hasta sus padres se deshicieron pronto de nuestro autor y, con la excusa de reforzar su educación, lo mandaron a un internado en Lecaroz, donde dejaron de verlo durante años.