Capítulo 12


Literatura basura. Manual de Autoayuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


El estancamiento es temporal, como se puede imaginar cualquiera. Una vez analizadas las razones del mismo [pérdida del hilo narrativo, atasco en la resolución del caso, muerte del personaje en medio de un tiroteo improvisado, renuncia de la protagonista a mamársela al catedrático de universidad], Castresana comenzará a urdir una nueva técnica narrativa muy usada en la tradición hispana, que grandes escritores, en algún momento de su vida, dignificaron: el plagio.

Si al escritor en ciernes no se le ocurre nada, seguro que a otro autor se le habrá ocurrido algo con anterioridad. Para eso se publican más de treinta mil libros al año que no compra nadie.

De esa manera, se acercará a la biblioteca municipal, un lugar paradisiaco donde las mesas están ocupadas por estudiantes en plenos exámenes. «Necesito novelas geniales de los últimos doscientos años», dirá con seguridad, al tiempo que el bedel lo mira espantado. Es una petición que se sale de las normas de la casa y descoloca al personal, que ha visto muchas cosas extrañas en su vida, pero no a esa escala.

Tras muchas pegas tipo «no se puede, no tiene carnet de socio, tiene que ser de uno en uno, mire primero en las fichas, etc», conseguirá rellenar doscientos papeles con la misma descripción particular. Será entonces cuando la bibliotecaria le traiga la primera tacada de libros y empiece a leer obras similares a la suya para poder sacar conclusiones aplicables a su escrito.

Como su novela es un híbrido de géneros tendrá que hacer un esfuerzo generoso de investigación. Empezará por la novela romántica, y leerá decenas de libros de seducciones infantiles y amores trasnochados; después, pasará a la policiaca, y buscará centenares de libros sobre asesinatos en serie y cuerpos mutilados; por último, acabará por el género picaresco, y le asaltarán miles de libros sobre política española, con parada y fonda en la cárcel o huida al extranjero. Hay antecedentes en todos esos géneros para dar y regalar.

Esa habilidad de lectura en diagonal, muy aplaudida en el mundo del libro, que de esto sabe mucho, le permitirá desbrozar la bibliografía con una sagaz mirada que le indicará el interés por el autor susodicho en menos de diez minutos. Tal será su celeridad que las propias encargadas de la biblioteca, la-botellazo-seca-bizca y la-morena-escuálida-simpática, pensarán que tienen ante sí a un genio que ha desarrollado una nueva técnica de lectura ultrarrápida –seguro que importada desde Japón– desconocida hasta la fecha.

Las muy sibilinas intentarán seducirlo con artimañas intelectuales, emocionales y físicas para que les cuente la fórmula de su éxito. En su maldad infinita querrán patentar el nuevo milagro antes de que nadie les robe esa maravilla, con la sana intención de abandonar la triste actividad que desempeñan por un miserable sueldo en esas cuatro paredes llenas de muertos.

Al principio lo invitarán a un café de maquina pagado con la calderilla de la caja de las fotocopias. Después, le preguntarán por su actividad profesional, algo que todo hombre agradece porque le sirve para mentir durante un buen rato con un amplio abanico de hechos improbables. También les contará que está escribiendo una de esas grandes obras de la narrativa contemporánea, tipo Perec. Ellas, con esa naturalidad tan femenina, se harán las sorprendidas, emocionadas de tener a un verdadero escritor ante sus ojos. Por último, y visto que el proceso de seducción va más lento de lo deseado, en un descuido, la-botellazo-seca-bizca lo llevará a un cuarto trasero, le bajará la cremallera del pantalón y comenzará a hacerle una paja con su mano polvorienta, mientras le interroga de manera contundente sobre su técnica de lectura.

Él, en un acto de gallardía, le dirá la verdad, le confesará que no lee apenas ningún libro porque no le interesa la literatura, nunca le ha interesado, sólo la extra literatura, mucho más cercana y versátil como se puede comprobar en esos momentos. Después, casi al instante, se correrá con la conciencia bien tranquila.

Ese simple acto físico hará que se rompan las barreras interpersonales y que todos hablen claro y relajados. Ellas, ejemplo de anorexia profesional, comentarán que la literatura contemporánea deja mucho que desear con tanto autor-modelo sacándose fotos con la portada de su libro y con la cara medio tapada. «Como bibliotecarias deberíais tener una mente más abierta a las nuevas generaciones», dirá Castresana, convertido en defensor de causas perdidas, sin convencerlas. «No, no merece la pena perder el tiempo con esos niñatos que sólo saben escribir de los programas de la tele de su infancia o de los discos escuchados en la adolescencia», contestarán al unísono. «Por principio en esta biblioteca no compramos primeras novelas de nadie, son ejercicios fallidos de muy mal gusto», añadirán, justificándose ante él, sin darse cuenta de que es un escritor primerizo a pesar de la edad. Son bibliotecarias que sólo adquieren libros de las grandes plumas, de esos autores añejos que lo han dado todo por la literatura hispana. Nada de advenedizos.

De repente, en uno de esos días de encierro con la-botellazo-seca-bizca y la-morena-escuálida-simpática, que ya son amigas del alma, Castresana descubrirá por casualidad al autor de su vida, un tío muy parecido a él, aunque algo más bajo y encorvado, que muchos años atrás escribió sobre un tema similar y, todo sea dicho, el condenado no lo hizo nada mal. Es más, el escritor antiguo también debía tener un conflicto con la sociedad muy similar al suyo. Eso le gustará a Castresana porque le pone en buenos antecedentes y le permite tomar decisiones literarias arriesgadas. Así se reafirmará en su maniobra de introducir a su madre en la historia y decidirá que va a ser uno de los elementos decisivos del éxito de la novela. Tras devorarse el libro y apuntar aquellos aspectos que más le interesan, proseguirá su narración sobre bases mucho más sólidas.

Nuestro hombre está convencido de que nadie va a encontrar ningún paralelismo con el texto en cuestión, y menos con un autor tan lejano en el tiempo. Pero una inquietud latente le persigue en ese periodo del proceso creativo: ¿habrá algún desalmado crítico literario que haya leído a ese desgraciado con nombre de pájaro, un tal Baroja? [de momento desconoce que los críticos son los que menos leen de todos los que leen en el mundo editorial, pero ya lo confirmará, porque es un chico listo]

Al poco tiempo se olvidará de Baroja y del reseñista, y asumirá con toda naturalidad que la obra es original, salida cien por cien de su protuberante cabeza, más original que muchas otras obras originales y que están aderezadas de mala metaliteratura, de esa que sólo sirve para hacer sonreír a los metaliteratos y a sus metacolegas.