Capítulo 11


Literatura basura. Manual de Autoayuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


El estancamiento en la novela es algo normal que los escritores nunca descubren a sus semejantes. Nadie habla de sus miserias literarias, excepto los que hacen con las mismas autoficción, pero todo autor es consciente de su existencia.

Y como buen navío, la obra se estanca. Unas veces, porque se ha perdido el rumbo. Otras, porque se ha resquebrajado la idea primigenia. Las más, porque ha cundido el desánimo o el cansancio. Hay que pensar que Castresana llevar meses aporreando su ordenador en muy malas condiciones [por las mañanas, en el trabajo mientras sus colegas del despacho bajan al bar a tomarse un café; por las tardes, en su casa, con una niña a cuestas que le tira de la oreja y le intenta quitar las gafas; por las noches, entre gritos de su media-orange que le recrimina que no cumple en la cama y que se va a ir con cualquiera, siempre que tenga buenos principios físicos y morales].

Entonces, llega ese momento de pérdida de perspectiva, de agotamiento psíquico, de caos. Los recuerdos de Castresana se han introducido por todos los resquicios de la novela pervirtiendo la historia; los personajes tomaron al asalto los papeles haciendo de su capa un sayo; el tono del narrador se ha impostado hasta límites insospechados; el estilo ha languidecido y se ha evaporado; el género de ficción se ha desnaturalizado, convirtiéndose en un híbrido de materiales en esencia inmiscibles.

Total, el libro comienza a ser un desastre, lleno de contradicciones, omisiones graves, cambios de registro injustificados, incoherencias temporales o espaciales, sin ninguna verosimilitud para propios ni para extraños. En definitiva, páginas innecesarias, escenas vacías, personajes huecos, novela fútil.

Es en ese preciso instante cuando nuestro hombre afrontará su decimocuarta crisis. Una crisis bestial, absoluta, de una soledad terrorífica. Porque, no se engañe nadie, un libro inacabado no es un libro. Un libro con principio y sin final puede ser muchas cosas, hasta algunas interesantes, pero nunca nada serio. Como mucho, literatura basura.

Así que Castresana entrará en un momento de pánico donde pensará que todo su esfuerzo se va a ir al garete, que no va a salir nada publicable porque no sabe cómo continuar con el maldito manuscrito.

En esos momentos, que no se ven pero que se intuyen, nuestro escritor llorará amargamente y se acordará de todos aquellos que se burlaron de sus inflamadas palabras cuando decidió dedicarse a la más noble actividad humana: la literatura. Tenían razón los muy cabrones, lo conocían mejor que él a sí mismo.

Entonces sólo vislumbrará la vergüenza ante una pregunta tan simple como: «¿qué tal va tu libro?», que le podrá realizar cualquiera de las diez mil personas que lo rodean [desde la panadera hasta la administrativa de turno, pasando por el portero del edificio de oficinas] y a las que comunicó feliz la trascendente decisión.

En especial, le dolerá la burla de su compañero de despacho, Germán Garrido, que le mira con ese aire de superioridad de la gente cabal que sabe dónde está la verdad y que disfruta infundiendo mala conciencia a los que no cumplen con las normas establecidas. El muy capullo, todos los lunes, cuando entra por la puerta y le ve, lo saluda con un: «buenos días, señor artista», mientras se alisa la corbata mal ajustada.

No puede soportar que ese picapleitos de tercera se crea superior a él por el simple hecho de no escribir, como si la escritura fuera un estigma social a evitar o a ocultar. Así que nuestro autor siempre le responde con alguna salida de banco como: «no desesperes, Germán, serás uno de los protagonistas de mi futura novela». Y lo será porque le dedicará un papel de cornudo afrodita en medio de un trasiego de violaciones anales.

Ante esa presión, Castresana quedará abandonado durante una temporada en su cuarto oscuro, sin ver ni siquiera a sus hijas, sin salir a la calle, paseando desnudo, absorto, perdido, mientras su media-orange le observa con cara de incredulidad y murmura: «otra vez, no, por favor».

Todo su orgullo, toda su altanería, están por los suelos.