Capítulo 4


Literatura basura. Manual de Autoyuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


Como siempre en la vida, tras un obstáculo hay una salida, una salida digna, beneficiosa para la humanidad. En este caso, se llama idea, algo que le asalta a
Castresana en un momento clave de su existencia y que no lo deja en paz hasta que la expulsa de la tripa, donde se aloja con frecuencia, produciendo ruidos
gástricos de difícil interpretación.

Suele surgir de la manera más inesperada –en la ducha, comprando el pan, andando en bici, tomando unos vinos, mientras sueña– y le refuerza su estima. «He tenido una
idea cojonuda», comenta ufano a todo el que quiere oírle, mientras se pavonea entre sus congéneres dando pequeños saltitos. En general, se trata de algo abstracto, todavía sin contenido definido, pero que permite intuir un buen tema y, lo que es  más importante, una buena obra,  una obra genial, como la idea misma.

Así, desde que Alberto Castresana descubre que posee algo precioso, único, inagotable, no ceja de pensar en ello. Esa obsesión es muy creativa pero algo cansina. La idea le  compaña en el trabajo –cuyo rendimiento baja un par de escalones más de lo habitual–; en el baño cuando se cepilla los dientes y se ve la  para pálida sin expresión alguna;
en la visita semanal a casa de su madre, sorda como una tapia, y llena de prejuicios; en el telediario mientras ve todo tipo de vilezas humanas y extrahumanas; incluso cuando está haciendo el amor con su media-orange [se tira a su idea sin ningún tipo de escrúpulos morales, dejándola agotada y sospechosamente contenta].

A la idea le hace todo tipo de carantoñas, la manosea, la estira y la encoge, la pone y la quita, se emborracha con ella en más de una ocasión, hasta la castiga sin postre,  siempre con el sano objetivo de deslumbrar con esa opera prima a propios y, lo que es más importante, a extraños. Porque, no se engañe nadie, de eso se trata, de deslumbrar al mundo entero, a ese mundo que le recrimina que pierda su tiempo en juegos infantiles y de vacua pirotecnia.  Esa idea se convierte en tema de conversación con los familiares[les aburre], con los amigos [se destornillan de risa], con la gente de trabajo [se pasan mensajes por whatsapp: «¡está loco!»], con la mujer de la limpieza [sube el volumen de la radio y se aleja temerosa con la fregona como arma defensiva].

A pesar de todo, la idea con tanto tocamiento va adquiriendo tintes visibles: grande, redonda, abierta, sincera, florida, desbordante… [También puede llegar a ser típica,
atípica, circunstancial…].

La idea no es igual para todos los escritores, ni mucho menos.Tampoco para Castresana. Como ya se sabe, hay dos tipos de autores: los que nunca han tocado un libro porque les aburre la lectura, y los que se han  zampado un par de veces todos  los volúmenes de la Biblioteca Nacional  de Washington. Aunque puedan parecer colectivos
irreconciliables, tienen muchos elementos en común en la actual sociedad ultrapostmoderna.

La idea, sin embargo, no tiene  la misma repercusión para cada uno de las dos categorías de narradores. Para el primero, cualquier idea es única, original, novedosa, ya que su mente está vacía, incorrupta, como el cuerpo de algunos santos. Por eso, le sirven todas, hasta la más manida e irrelevante, y se siente satisfecho con ella, incluso muy
satisfecho. Entre los dos suele generarse un buen ambiente y puede que entre ambos saquen un gran tema para la novela. El escritor suele ser una persona bastante feliz. La idea también. Eso hace que triunfen con regularidad en la vida.

Para el segundo, cualquier  idea ya ha sido tratada por Borges o Pychon y su obsesión reside en cómo superar a esos genios de la literatura y dejarlos en evidencia. No resulta fácil. Para ello suele desnucarla, machacarla, abusar de ella hasta que pida clemencia y se deje manipular sin esfuerzo. Aunque esta labor parezca sencilla, no lo es tanto pues la idea suele ser como las bacterias de los quirófanos, muy resistente, y se defiende hasta que se usa con ella la famosa motosierra de Tarantino.

El escritor suele ser infeliz; la idea, también. Ambos dejan de hablarse al poco de conocerse. En los dos casos, y el algunos otros intermedios que no conviene mencionar para no cansar al lector con demasiados detalles tontos, es cuando Castresana comienza la verdadera fabricación de la obra, esa obra que le acompañará durante años
en su larga travesía del desierto [y de muchas más cosas que no queremos adelantar aquí] y que le cambiará el carácter y su físico hasta límites insospechados.