Capítulo 3


Literatura basura. Manual de Autoyuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


Apesar de la euforia, Castresana se encuentra ante la hora de la verdad, de su verdad.  Y aparece en la mente, de pasada, un concepto dañino como ningún otro en el mundo literario: el talento, esa entelequia abstracta, deforme y poco solidaria que ha matado  más vocaciones que la iglesia, la banca y todas las editoriales juntas. Porque unir letras, ya sabemos que une, pero eso no es suficiente, al menos para crear literatura.

¿Qué es el talento? ¿Y qué es el talento en el escritor? No resulta fácil definirlo y Castresana lo sabe. Algunos hablan de tener una imaginación desbordante que permita dejar a Julio Verne en pañales; otros, de facilidad para describir los objetos hasta en sus más pequeños detalles, como los naturistas británicos; los de más allá, del acierto con que se arman las estructuras narrativas complejas y que dejan al lector desconcertado,tipo Joyce en sus peores momentos; los de más acá, de la forma de construir personajes creíbles con los que mantener una larga charla al estilo de Balzac. Hay para todos los gustos y caracteres. Eso no le consuela a nuestro autor.

En esos  momentos, además, le surgen dudas sobre si el escritor nace o se hace; o si basta con redactar para ser escritor o antes es necesario publicar en el New Yorker un par de relatos inconfundibles;  o si es conveniente alumbrar un libro genial desde el principio o escribir muchos libros mediocres hasta que, por aburrimiento de los lectores, consiga el reconocimiento general.

La cabeza de Alberto Castresana bulle aceleradamente intentado descubrir pistas de su talento. Él no es un tipo común, ya lo sabe. Nunca lo ha sido y se siente orgulloso de ello. Incluso su anciana madre se lo recuerda de forma reiterada: «hijo, eras anormal ya desde niño. Tu padre sí que era un bendito. Mira que he tenido mala suerte
contigo».

Todo eso le resulta indiferente. Castresana es de esos sujetos que piensa que el mundo puede cambiarse a poco que se ponga voluntad. De hecho siempre ha sido un poco fantasioso, aunque nunca nadie ha tenido en cuenta sus iniciativas, gracias a Dios, pero le han servido para mantener la atención en más de una aburrida reunión en la oficina, en la que la gente no habla más que del último vídeo de youtube, donde Sara Carbonero pasea con alguno de sus niños.  Llegado ese momento, recurre a sus antepasados que pudieron tener algo que ver con la literatura. ¿Hubo algún maestro republicano en su familia, un bibliotecario de barrio, un simple amanuense de pueblo?

Si hubo alguno, él no lo sabe, pero seguro que no hizo nada en la vida, excepto vivirla de mala manera. Y eso lo entristece. El ejemplo de su padre tampoco lo reconforta, pues se dedicó en su corta  existencia a fumar como un poseso, a depender de su mujer de manera enfermiza y a ver todos los partidos de fútbol de la televisión. Desde luego, no es bueno carecer de antepasados con alguna virtud reconocida socialmente, aunque sea mentira. Eso no mejora la autoestima familiar, ni la dignifica. No obstante, Castresana mira a su interior, evalúa con frialdad las habilidades y asume con valentía sus escasas capacidades. No es grave. Todavía nadie es consciente de que no tiene talento.

Quizá nunca lo sepan con total seguridad. Ha oído que muchos músicos no saben cantar y han estado semanas en las listas de éxito. Para eso existen los estudios de grabación y el playback. Eso tranquiliza sus nervios y le da un cierto respiro que sabe aprovecharlo tomándose unas cervecitas en una terraza de la Gran Vía,
al mismo tiempo que hojea el periódico. En cualquier caso, no se desanima porque de una manera inesperada ha llegado la idea, esa abstracción tan socorrida que obviará el talento y que le salvará de la depresión, al menos por el momento.