Capítulo 13


Literatura basura. Manual de Autoayuda, por Gonzalo Garrido

Autor de: Las flores de Baudelaire, El Patio inglés y La capital del mundo


Castresana sabe que con ética no se llega a ninguna parte, desde luego no en este país, ni en esta industria tan intervenida. Ningún escritor que se precie ha utilizado los valores morales para publicar. Eso se lo asignan a sus personajes, luchadores de grandes movimientos libertarios, causas pérdidas y seres indefensos ante el capitalismo y la xenofobia general, pero no a ellos, pobres diablos llenos de miedos y de facturas.

Esa impresión la corrobora nuestro hombre cuando recibe una invitación de su vecino para que acuda a la presentación de un libro de relatos que se organiza en Vivanco. Como buen novato le hace ilusión compartir unos minutos con gente entendida. Llegará tarde debido a un cliente impuntual del despacho que le retiene más de la cuenta para nada provechoso. Cuando se siente verá la minúscula sala medio vacía. Apenas un grupito heterogéneo, pero aguerrido, que supone es la familia, y un par de solteronas resguardadas de la lluvia. El librero le saluda desde la distancia. Está de pie, atento a que todo salga bien.

El autor es menudo, inquieto, dubitativo. Parece a punto de tirarse debajo de la mesa y pedir socorro.  Castresana no sabría decir si es de raza. Más bien tiene pinta de cruce con callejero. Lanza miradas descompuestas hacia su grupo de incondicionales. La persona que le presenta, por su parte, mantiene un porte serio y tranquilo. Es profesor de literatura y está acostumbrado a hablar en público. Empieza con un breve repaso de las características que pide a las obras actuales y a sus autores. Nombra cuatro con rotundo énfasis: honestidad, imaginación, emoción y ambición. ¡Socorro! Castresana mirará asustado a su amigo librero pidiéndole de forma inconsciente ayuda. Nuestro autor ha venido a una presentación más o menos banal, no a una clase de literatura aplicada. Se estremece pensando en su obra. Nunca se ha propuesto nada serio al escribirla, sólo triunfar. Es más, piensa que no es razonable experimentar con ningún ser humano ejercicios similares de praxis. Son demasiado arriesgados como para tenerlos en cuenta. Y más en público.

«La honestidad del escritor es básica para que la obra literaria tenga sentido, una honestidad como las cuerdas del violín, tensa, sonora, necesaria, que recoja valores personales profundos para que adquiera la categoría de publicable. Nadie debe escribir desde el engaño, ni siquiera desde el autoengaño. Para eso mejor exterminar el libro antes de nacer», dirá el profesor con voz radiofónica.

Y continuará: «la imaginación es el elemento fundamental para crear, para justificar la actuación de un autor, es la mecha que sirve para iluminar la obra y, de paso, las conexiones mentales de los lectores hasta alcanzar el encantamiento. Sin ella todo será mera repetición, como mucho puro manierismo artístico sin sentido alguno».

Todos los presentes quedarán atrapados por sus palabras. Un silencio absoluto, sólo roto por algún cliente desconsiderado, inmiscuido en las estanterías en busca de un libro determinado, cubre la zona.

Y seguirá: «sin olvidar la búsqueda de la emoción en los corazones de los conciudadanos, esas emociones puras que hacen que las lágrimas broten con facilidad en el lector y abonen la felicidad de sus vidas acomodadas».

Un pequeño tembleque le comienza a subir a Castresana por la pierna, al mismo tiempo que el duro profesor  concluirá: «todo ello no tendría sentido sin la ambición de romper moldes, de abrir cauces a la creatividad, de ser uno de esos escritores que dejan huella para la posterioridad, por su atrevimiento, por su valentía, por su pundonor intelectual y narrativo».

Castresana se siente mareado tras escuchar esos términos llenos de sentido épico y, lo que es más grave, moral. Comenzará a apiadarse del escritor de relatos. Sabe que no saldrá vivo de este encuentro. No le extrañaría que se desmayara de repente, cuando le toque hablar. O que echara a correr sin volver la vista atrás.

En esos momentos estelares Castresana se abstraerá de lo que está pasando en la sala y se dará cuenta de que su novela carece de las cuatro virtudes al mismo tiempo. «¿Cómo he podido ser tan necio?», comentará para sí. «Me tenía que haber dado cuenta antes, cuando comencé con la idea. Debía haber buscado un gran tema que tuviera fuertes implicaciones morales y que fuera resuelto gracias a la tenacidad del protagonista y a su insobornable honestidad. Ni la historia de mi madre me va a salvar de ésta».

Era verdad. Ya no valía con escribir, ni siquiera con escribir bien, ni tener talento, ni buscar un tono ajustado, ni las palabras certeras. Hacía falta mucho más, demasiado para una primera narración. Ahora Castresana comienza a entender a sus amigas las bibliotecarias que rechazaban las primeras novelas por sistema. Es la experiencia de muchos años de profesión con seres tan mediocres como los escritores. Nuestro autor parece acabado. Su mente está muy lejos de la librería y del profesor de literatura radiofónico. No digamos del escritor de relatos. De repente volverá en sí: «¿se podrá improvisar?». Él siempre ha sido muy bueno en eso. Es más, su vida es una continua improvisación.

Pero tampoco hay que preocuparse en exceso por nuestro protagonista. Hasta entonces no se había planteado nada acerca de su novela, como la mayoría de los autores que se precien. Sólo que vendiese muchos ejemplares lo antes posible para hacerse famoso y rico. La calidad se sobreentendía. Ahora tiene otros problemas más relevantes en los qué pensar, suficientemente alejados de disquisiciones literarias, como es acabar la novela.

En cualquier caso, querido lector, eso no quiere decir que la novela de Castresana sea mala, no, todavía no. Sólo que nace pervertida desde el inicio y que su recorrido será limitado e, incluso, muy limitado, según las circunstancias. Es lo malo de acudir a presentaciones ajenas.